Hay varias teorías relacionadas con el orígen del apellido Freire. A continuación reproduzco algunas de ellas, extraídas del sitio web http://www.genealogiafreire.com.br y otros.

El apellido Freire tiene su orígen en Galicia (España), más concretamente en la provincia de La Coruña y probablemente en Betanzos, ciudad situada a unos 23 km de La Coruña. El apellido proviene de una orden de caballeros medievales: Sacerdotes guerreros, a los cuales se les atribuyen numerosas y diversas actividades, desde arqueólogos en el templo de Salomón en Jerusalén, arquitectos y constructores  de las catedrales góticas y de numerosos castillos y fortalezas. Además de sabios, místicos, diestros marinos, hábiles comerciantes, creadores de la nota de cambio (actual cheque), y dueños de un tesoro notable debido a sus flotas de barcos y negocios de comercio.

Datos históricos apuntan a que fueron formados ideológicamente por Bernardo de Claraval, un religioso de la orden cisterciense, alrededor del 1119.

A Bernardo se le consideraba secularmente como uno de los últimos druidas (hombres sabios de la antigua Irlanda)  o bien que en su formación habría tenidos influencias druídicas.

Freire fue una orden de caballeros sacerdotes también conocida popularmente como ‘templarios’ o ‘caballeros del templo de Salomón’ (en gallego, “freire” significa “fraile”). En sus inicios fueron considerados una orden al margen de la sociedad pues no pagaban impuestos y solo obedecían al Papa de la época  separándose de la sociedad común.

Después de un poco mas de 200 años los ‘freires’ fueron declarados fuera de la ley y perseguidos por la Iglesia católica  pues se consideraba ‘herejía’  que tuviesen trato con musulmanes, judíos, persas y miembros de otras religiones y filosofías  ‘enemigas de la santa iglesia’ , pues en vez de ‘combatirlos’, los tenían como a iguales.

Su ultimo líder, Jacques de Molay, fue muerto en la hoguera en 1314 y  los caballeros Freires se dispersaron por el orbe. Algunos se asentaron al sur de Europa en al frontera de Portugal y España, otros se asentaron en Escocia y muchos se sumaron a otras ordenes de caballeros de la época.

Traen por armas: De sinople, una banda de oro engolada en cabezas de dragones del mismo metal. Bordura de plata con el lema en letras de sable “Ave María gratia plena”.

Las principales variantes españolas, portuguesas, alemanas, francesas, inglesas, danesas y judías del apellido FREIRE son FRIE, FREER, FRIER, FRERE, FRAYER, FREAR, FREE, FREIE, FREY, FREYRE, FRIES, FREASE, FRYER, FRIERSON y FRIEZE.

Este linaje es el mismo de Andrade, pues desde tiempo inmemorial sus caballeros han usado unidos ambos apellidos, siendo idénticas sus armas.

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Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

-Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

-No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita:

-Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

-Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

-Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

-¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

-Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

-Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!… relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.

-Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.

-Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

-Soy feliz de ser quién soy y lo qué soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.

-¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

-¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

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